Cuando opto por cultivar mi naturaleza sensible porque quiero experimentar el mejor lado de la vida, descubro que disfruto más de todo: del arte, de la rica comida, de la naturaleza y, especialmente de la buena compañía. Soy capaz de ver a los demás y de nutrirme de lo que veo.
Reconozco lo bueno de los otros y me permito sacar lo mejor de mí. Siento que mi modo de relacionarme se contagia, haciendo que los demás bajen las barreras del temor y la desconfianza, potenciando la posibilidad de comprender y de ser comprendido.
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